26.11.04

Carta a mis hijas

Me ha costado mucho escribir esto que voy a contar. Desde el momento en que estábamos llegando al fin del segundo viaje de jubilados con nuestra autocaravana, fui temiendo lo que podía pasar, por cómo le veía y las cosas que yo había visto cuando estaba ingresada. Tenía, por otra parte, la esperanza de que no pasaría nada.

Estábamos unos días en un pueblo, cuando nos gustaba nos parábamos. Esos últimos días ya había angustia y disimulo a la vez. Él no decía nada estaba pensativo, cabizbajo y a veces de muy mal humor. Yo me hacía la desentendida como a veces sigo haciendo no porque pase de lo que está pasando sino para no empeorar más las cosas. Pienso que cuando tienes una herida si la dejas y no la hurgas, cuidándola claro, se cura antes. Yo tenía tanto dolor… me decía a mí misma tranquila no va a pasar nada pensaba, peor estoy yo y tiro para delante, serán almorranas internas… Llegamos a casa. El día de la prueba estuvimos por última vez donde nos conocimos y empezó toda nuestra vida en común. Ese día supe que de verdad algo grave pasaba. Pidió patatas al queso cabrales y no se las comió. Yo por dentro estaba un poco cabreada con el destino. Era injusto. Yo que tanto quería ofrecerle y podía hacer tan poco… Los médicos siempre me decían tú tienes mucha fuerza y eres muy valiente puedes con todo lucha. Pues empecé a sentirme como si yo no fuera nada, porque la persona que mas quería a parte de vosotras iba a írseme de las manos y no podía darle esa fuerza que yo tenía.

Cuando salimos del centro asturiano dimos una vuelta por los salones recordando los momentos que habíamos vivido. Cuando salí supe que no volveríamos más porque sentí algo raro, como ganas de llorar. Le agarré la mano fuerte me miró y me dijo qué te pasa. Le dije que qué tiempos aquellos y me dio un beso. Parecía como cuando éramos novios. Y salimos para ir a casa. Acurrucados los dos porque en ese momento me soltó la mano y me cogió de la cintura y me apretó contra él. Tuve que hacer un esfuerzo para que no se diera cuenta de que se me escaba una lágrima. Seguí disimulando con él y con mis hijas. Con quien no disimulé fue con la tía. Cuando vuestro padre se echó la siesta fui a ver a la tía y ahí sí que lloré. Ella me decía verás como no es nada. No puede ser es imposible que ahora sea él. Lloré mucho pero tuve que recuperarme y echar una mentira. Decirle que me había entrado algo en el ojo y que él durmiendo tan tranquilo y yo a pedir ayuda. Todo para que no sospechara nada. Me dijo que le tenía que haber despertado y yo que ya me lo habían sacado y creo que no sospechó nada porque se echó a reír.

Esos días fueron de verdadera incertidumbre y además había veces que tenía dolores. Decía un cáncer tengo en el culo. Yo le decía que no. Tú nada, me decía, y verdaderamente yo ya no tenía nada. Llego el día en que me aseguraron el avanzado estado de la enfermedad. El doctor me cogió llorando y lloré con él. Lloré hasta que había un momento que parecía que ya no me quedaba nada dentro. Era como estar seca como si fuera de madera, así me sentía. Después con él a disimular. Cuando llegué a casa, como el doctor me dijo espera hasta operar para decírselo a tus hijas porque igual al abrir no está tan mal. Se lo conté a una amiga. Lloré muchísimo con ella. A partir de ese momento tuve que ser dura conmigo para que no notara nada disimular y disimular reírme y hacer gracias. Cuando se iba acercando el final no pensé en lo que yo sentía ni que iba a ser de mi sino como ibais a estar vosotras. Cada una tenéis una manera de ser, una personalidad, una manera de ver las cosas. ¿Qué podía pasar? Ya sabía que os iba a afectar y que os ibais a romper, pero como os podía ayudar yo, cuando yo iba a necesitar lo mismo que vosotras. Tenía que ser fuerte. No mostrarme como en verdad me sentía. Como una marioneta. Tenía tanto tiempo para pensar que lo único que pedía era que yo aguantara, que los hilos que me mantenían de pie lo siguieran haciendo.

Ya continuaré…

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